
Alejandra: la Poeta que habitó la noche
En un rincón de Avellaneda, donde el gris de la ciudad parecía un preludio de las sombras, nació Alejandra Pizarnik. Fue hija de inmigrantes rusos y polacos que llegaron a Argentina huyendo de las guerras, pero no del desarraigo. Alejandra creció entre dos lenguas, entre dos mundos. Desde pequeña, se sintió otra, extranjera de sí misma. Mientras los demás corrían tras los juegos, ella leía con furia, dibujaba el silencio y escribía preguntas sin respuestas. No quería jugar, quería volar.
La llamaban “rara” en el colegio, porque a nadie le gustaban las palabras como a ella. Alejandra no escribía como los demás: su escritura no quería adornar, sino abrir heridas. Encontró en la poesía el único refugio posible, y al mismo tiempo, un territorio sin regreso. Los versos, como los espejos, le devolvían su propia imagen partida. “Escribir es perderse entre las palabras”, decía. Y a veces, perderse se le hacía insoportable.
En los años de París, la ciudad la abrazó con el frío de sus cafés y la luz de las bibliotecas. Allí estudió, leyó a los grandes —Rimbaud, Artaud, Breton—, y escribió con fiebre y desvelo. París era un paréntesis entre ella y su sombra, pero los regresos siempre son inevitables. Volvió a Buenos Aires con una valija llena de libros y noches en vela, aunque el mundo de afuera seguía sin comprender el abismo que cargaba dentro.
Alejandra hablaba de la muerte como si la conociera desde siempre. Para ella, vivir era una tarea difícil, un pulso contra el vacío. Amaba a la poesía, pero le dolía vivirla. En cada palabra, en cada página escrita, dejaba jirones de piel. La búsqueda de la perfección era su condena: escribía y tachaba, corregía y volvía a tachar, como si en el fondo quisiera borrar su propio nombre.
Publicó versos como cuchillos: La última inocencia, Las aventuras perdidas, Árbol de Diana. Sus poemas eran breves y certeros, palabras que encendían el silencio. Alejandra escribía como si estuviera en llamas, y sus lectores sentían cómo ardía el papel. Con cada libro, abría las puertas a su mundo oscuro, donde la noche era más larga y los pájaros no tenían alas.
Pero el dolor pudo más. El 25 de septiembre de 1972, Alejandra decidió cerrar el cuaderno y apagar la luz. La encontraron en su habitación, rodeada de pastillas y libros, como si hubiera querido convertir su muerte en una última metáfora. Tenía 36 años, pero llevaba siglos cargando una tristeza que no tenía nombre.
Hoy, Alejandra Pizarnik sigue siendo un eco que no se apaga. Su poesía nos recuerda que hay noches donde el silencio pesa más que los gritos, y que no todas las batallas se ganan con la pluma. Sin embargo, su muerte nos deja una advertencia. A veces, las sombras crecen tanto que se tragan la luz. Es necesario, más que nunca, tener suficiente sol en nuestras vidas.
Porque la alegría no es una frivolidad; es un acto de resistencia. La luz es lo que nos mantiene vivos, lo que nos ayuda a levantarnos cada mañana para seguir buscando, escribiendo, amando. Alejandra nos enseñó que en el abismo también se puede crear belleza, pero también nos mostró que no se puede vivir siempre en la oscuridad.
La vida, al final, necesita su dosis de claridad para que la alegría nos tome de la mano y nos invite a quedarnos un poco más.