Poema Los amorosos Jaime Sabines

Los Amorosos, análisis del Poema

Angel

Donde mora el miedo, no puede haber amor.” – Mahatma Gandhi

La Vigencia Eterna de una Búsqueda Incesante

“Los amorosos”, de Jaime Sabines, resuena hoy con la misma fuerza con la que debió hacerlo cuando vio la luz. Y es que, si lo piensas bien, ¿acaso ha cambiado en esencia nuestra búsqueda del amor? Seguimos siendo esos seres que callan ante la inmensidad de un sentimiento que a veces se nos antoja inasible, tembloroso, como describe Sabines.

En un mundo donde a menudo se nos vende la idea de certezas instantáneas y emociones prefabricadas, este poema nos recuerda la naturaleza intrínseca de la búsqueda amorosa: un camino lleno de interrogantes, de abandonos y olvidos, pero también de una esperanza terca que se niega a extinguirse. ¿Cuántas veces te has sentido así, buscando algo que parece escaparse entre los dedos, sintiendo esa soledad profunda a pesar de entregarte una y otra vez?

Sabines nos pinta un retrato crudo, sin adornos, de quienes aman. No son héroes ni villanos, sino seres humanos con el corazón a flor de piel, preocupados por un sentimiento que a menudo se les presenta esquivo. Viven al día, como si cada instante fuera una oportunidad y a la vez una despedida. Esperan, aunque en el fondo sepan que la espera misma es parte del camino, no la meta.

Esta vigencia radica precisamente en su honestidad brutal. No nos ofrece consuelos fáciles ni finales felices garantizados. Nos muestra el amor como una “prórroga perpetua”, un “paso siguiente” que nunca termina de llegar. Y en esa descripción, paradójicamente, encontramos un eco de nuestra propia experiencia, una suerte de consuelo al saber que no estamos solos en esta danza incierta. “Los amorosos” nos invita a mirar de frente esa parte de nosotros que anhela, que busca, que a veces se pierde y se vuelve a encontrar en el laberinto de las emociones.

Desentrañando los Latidos de “Los Amorosos”

Si te acercas con calma a los versos de Sabines, sentirás cómo palpita una verdad profunda sobre la condición humana. “Los amorosos callan”, nos dice al inicio. Y es que hay momentos en el amor donde las palabras sobran, donde la intensidad del sentimiento nos deja sin aliento, sumidos en un silencio que puede ser a la vez dulce y punzante, lleno de promesas y de miedos. Es ese silencio “fino”, casi imperceptible, pero también “tembloroso”, como una hoja a punto de caer, e “insoportable” por la carga de emociones que contiene.

Luego, el poeta nos habla de la búsqueda incesante: “Los amorosos buscan, / los amorosos son los que abandonan, / son los que cambian, los que olvidan.” Esta puede parecer una paradoja, pero ¿no es acaso cierto que en la búsqueda del amor a veces nos perdemos, dejamos atrás caminos que creíamos seguros, cambiamos nuestras propias certezas e incluso olvidamos lo que una vez fuimos? No es una crítica, sino una constatación de la naturaleza movediza de nuestros afectos y de cómo la propia búsqueda nos transforma.

Poema Los amorosos Jaime Sabines

“Su corazón les dice que nunca han de encontrar, / no encuentran, buscan.” Aquí reside una de las claves del poema. Hay una conciencia profunda de la dificultad, quizás incluso de la imposibilidad de alcanzar una plenitud amorosa definitiva. Pero a pesar de esa certeza íntima, la búsqueda persiste, impelida por una fuerza que no entienden del todo, pero que los define. ¿Cuántas veces has sentido esa punzada en el pecho, esa intuición de que algo falta, de que la búsqueda no termina, y sin embargo sigues adelante, impulsado por una esperanza casi irracional?

“Los amorosos andan como locos / porque están solos, solos, solos, / entregándose, dándose a cada rato, / llorando porque no salvan al amor.” Esta imagen de la locura amorosa es poderosa. Es una locura que nace de la soledad, de esa sensación de vacío que intentamos llenar entregándonos al otro, dándonos por completo en cada encuentro, en cada promesa. Y el llanto, ese llanto amargo, no es solo por la pérdida, sino también por la impotencia de no poder “salvar” el amor, de no poder hacerlo eterno e inmutable. Quizás, en el fondo, intuimos que el amor es un río que fluye, que cambia de cauce, y que intentar detenerlo es inútil.

“Les preocupa el amor.” Esta simple frase resume la obsesión, la constante inquietud que embarga a quienes aman. No pueden vivir de otra manera, su existencia gira en torno a este sentimiento que los eleva y los atormenta. “Los amorosos / viven al día, no pueden hacer más, no saben.” Hay una humildad profunda en esta aceptación de la propia limitación. No hay recetas mágicas, no hay manuales de instrucciones para el amor. Se vive el presente, con sus incertidumbres y sus fugaces alegrías. “Siempre se están yendo, / siempre, hacia alguna parte.” Esta sensación de tránsito constante, de no echar raíces definitivas, puede reflejar la naturaleza efímera de algunos encuentros amorosos, o quizás la búsqueda interna de un lugar donde el corazón encuentre un reposo, que quizás nunca llegue. “Esperan, / no esperan nada, pero esperan.” Esta paradoja es hermosa. Es una espera sin expectativas concretas, una esperanza que se mantiene viva a pesar de la razón, una fe ciega en la posibilidad de un encuentro, de un instante de plenitud.

“Saben que nunca han de encontrar. / El amor es la prórroga perpetua, / siempre el paso siguiente, el otro, el otro.” Esta conciencia de la naturaleza inacabada del amor puede generar frustración, pero también puede ser liberadora. Si el amor es siempre un “paso siguiente”, entonces cada instante presente tiene su propio valor, su propia intensidad. No se trata de alcanzar una meta final, sino de vivir plenamente cada etapa del camino. “Los amorosos son los insaciables, / los que siempre -¡qué bueno!- han de estar solos.” Esta soledad, paradójicamente, no es una condena, sino una característica intrínseca de quienes aman con intensidad. Es una soledad que nace de la propia profundidad del sentimiento, de una exigencia que a veces el mundo no puede satisfacer. Y ese “¡qué bueno!” es una suerte de aceptación valiente de esa condición. “Los amorosos son la hidra del cuento. / Tienen serpientes en lugar de brazos.” Esta metáfora poderosa nos habla de la naturaleza compleja y a veces amenazante del amor. Es una hidra, un monstruo de múltiples cabezas que, aunque se le corte una, vuelve a crecer. Esas “serpientes en lugar de brazos” sugieren una incapacidad para abrazar plenamente, una sensación de peligro constante en el contacto con el otro.

“Las venas del cuello se les hinchan / también como serpientes para asfixiarlos.” La angustia, la tensión emocional que a menudo acompaña al amor, se manifiesta físicamente, como si el propio cuerpo se rebelara ante la intensidad del sentimiento. “Los amorosos no pueden dormir / porque si se duermen se los comen los gusanos.” El miedo a la pérdida, a la traición, a la propia vulnerabilidad, los mantiene en un estado de alerta constante. La oscuridad se puebla de fantasmas, de los peores temores. “En la oscuridad abren los ojos / y les cae en ellos el espanto. / Encuentran alacranes bajo la sábana / y su cama flota como sobre un lago.” La realidad se distorsiona por la angustia, los peligros acechan en lo cotidiano, y la propia estabilidad emocional se tambalea.

“Los amorosos son locos, sólo locos, / sin Dios y sin diablo.” Esta afirmación radical nos presenta a los amantes como seres que trascienden las normas y las convenciones sociales, que viven en un mundo propio, regido por las leyes de su corazón. Están más allá del bien y del mal, en una esfera donde la razón a menudo no tiene cabida. “Los amorosos salen de sus cuevas / temblorosos, hambrientos, / a cazar fantasmas.” A pesar del miedo y la incertidumbre, la necesidad de amar los impulsa a salir de su aislamiento, a buscar en el mundo exterior aquello que los complete, aunque a veces esa búsqueda se asemeje a perseguir sombras. “Se ríen de las gentes que lo saben todo, / de las que aman a perpetuidad, verídicamente, / de las que creen en el amor / como una lámpara de inagotable aceite.” Hay una cierta ironía en esta burla hacia quienes creen tener todas las respuestas sobre el amor, hacia quienes lo idealizan como algo eterno e inmutable. Los amorosos, en su propia experiencia de fragilidad y búsqueda, desconfían de las certezas absolutas.

Poema Los amorosos Jaime Sabines

“Los amorosos juegan a coger el agua, / a tatuar el humo, a no irse.” Estas imágenes poéticas evocan la naturaleza efímera e inasible del amor. Intentar retenerlo es como intentar agarrar agua entre las manos o tatuar el humo: una tarea imposible. Y ese “jugar a no irse” revela el anhelo profundo de permanencia, a pesar de la conciencia de la inevitabilidad del cambio y la separación. “Juegan el largo, el triste juego del amor.” El amor es un juego, sí, pero un juego serio, a veces doloroso, lleno de reglas no escritas y de resultados inciertos. “Nadie ha de resignarse. / Dicen que nadie ha de resignarse.” A pesar de las dificultades, hay una resistencia intrínseca a abandonar la búsqueda, una negación a aceptar la derrota en el terreno del corazón. “Los amorosos se avergüenzan de toda conformación.” La adaptación, la renuncia a la propia búsqueda y al propio anhelo, les resulta inaceptable. Prefieren la incertidumbre y el dolor a la comodidad de una vida sin la intensidad del amor. “Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla, / la muerte les fermenta detrás de los ojos, / y ellos caminan, lloran hasta la madrugada / en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.” Esta imagen final es desoladora pero también profundamente humana. El vacío interior, la conciencia de la propia mortalidad, se hacen presentes, acompañados por el dolor de la despedida, de la conciencia del tiempo que pasa y de las oportunidades perdidas.

“Les llega a veces un olor a tierra recién nacida, / a mujeres que duermen con la mano en el sexo, / complacidas, / a arroyos de agua tierna y a cocinas.” En medio de la angustia y la incertidumbre, irrumpen destellos de vida, de sensualidad, de la belleza simple de lo cotidiano. Son momentos fugaces de conexión con la tierra, con el cuerpo, con la promesa de nuevos comienzos. “Los amorosos se ponen a cantar entre labios / una canción no aprendida, / y se van llorando, llorando, / la hermosa vida.” A pesar del dolor y la frustración, hay una conciencia profunda de la belleza de la vida, incluso en su fragilidad y en su fugacidad. Ese canto “no aprendido” es la expresión espontánea del alma, un lamento y a la vez una celebración de la experiencia humana, marcada por la búsqueda incesante del amor.

Un Horizonte de Posibilidades Amorosas

Quizás después de esta charla te quede resonando la pregunta de si esta búsqueda constante, a veces dolorosa, tiene algún sentido. Y yo te diría que sí, que lo tiene. Porque en esa búsqueda, en ese no resignarse a la conformación, reside una fuerza vital que nos impulsa a crecer, a conocernos más profundamente y a conectar con los demás de una manera auténtica.

Y ahora sí, el poema:

Los amorosos

Los amorosos callan.
El amor es el silencio más fino,
el más tembloroso, el más insoportable.

Los amorosos buscan,
los amorosos son los que abandonan,
son los que cambian, los que olvidan.

Su corazón les dice que nunca han de encontrar,
no encuentran, buscan.

Los amorosos andan como locos
porque están solos, solos, solos,
entregándose, dándose a cada rato,
llorando porque no salvan al amor.

Les preocupa el amor. Los amorosos
viven al día, no pueden hacer más, no saben.

Siempre se están yendo,
siempre, hacia alguna parte.

Esperan,
no esperan nada, pero esperan.

Saben que nunca han de encontrar.

El amor es la prórroga perpetua,
siempre el paso siguiente, el otro, el otro.

Los amorosos son los insaciables,
los que siempre -¡que bueno!- han de estar solos.

Los amorosos son la hidra del cuento.

Tienen serpientes en lugar de brazos.

Las venas del cuello se les hinchan
también como serpientes para asfixiarlos.

Los amorosos no pueden dormir
porque si se duermen se los comen los gusanos.

En la oscuridad abren los ojos
y les cae en ellos el espanto.

Encuentran alacranes bajo la sábana
y su cama flota como sobre un lago.

Los amorosos son locos, sólo locos,
sin Dios y sin diablo.

Los amorosos salen de sus cuevas
temblorosos, hambrientos,
a cazar fantasmas.

Se ríen de las gentes que lo saben todo,
de las que aman a perpetuidad, verídicamente,
de las que creen en el amor
como una lámpara de inagotable aceite.

Los amorosos juegan a coger el agua,
a tatuar el humo, a no irse.

Juegan el largo, el triste juego del amor.

Nadie ha de resignarse.

Dicen que nadie ha de resignarse.

Los amorosos se avergüenzan de toda conformación.

Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla,
la muerte les fermenta detrás de los ojos,
y ellos caminan, lloran hasta la madrugada
en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.

Les llega a veces un olor a tierra recién nacida,
a mujeres que duermen con la mano en el sexo,
complacidas,
a arroyos de agua tierna y a cocinas.

Los amorosos se ponen a cantar entre labios
una canción no aprendida,
y se van llorando, llorando,
la hermosa vida.

Poema Los amorosos Jaime Sabines

Si compartimos estas reflexiones, si permitimos que estas palabras resuenen en otros corazones inquietos, quizás podamos construir una comprensión más profunda de lo que significa amar en este mundo complejo. No se trata de encontrar respuestas definitivas, sino de acompañarnos en el camino, de reconocer la belleza y la dificultad de esta experiencia humana fundamental. Así que, si sientes que estas palabras te han tocado de alguna manera, si crees que pueden aliviar la búsqueda de otros, te invito a compartirlas. Juntos, podemos seguir explorando los laberintos del corazón.

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