
Por nuestros pequeños
En un rincón del mundo, un niño se duerme tranquilo, rodeado de paredes que lo protegen del frío y del miedo. Sus sueños se llenan de aventuras, de risas, de colores vivos que anuncian un mañana prometedor. Come tres veces al día, y sus manos pequeñas moldean castillos de arena o dibujan mundos imaginarios con crayones. No sabe de guerras ni de fronteras, no siente el filo de la desesperanza. Es un privilegio, aunque a menudo lo llamamos normalidad.
En otro rincón, las mismas estrellas iluminan una noche muy distinta. Ahí está el niño que camina descalzo por caminos llenos de espinas, huyendo de guerras que no entiende, cargando el peso de fronteras que no eligieron. Sus sueños son rotos, y su risa es un eco lejano. Come cuando puede, duerme donde lo sorprende el cansancio, y sus juegos son la lucha diaria por sobrevivir.
Vienen a mi mente estos pensamientos porque hace algunos días mi bebé pequeño me preguntó “cuál era, además de haberlos tenido a él y a su hermanito” [en efecto, es consciente de lo afortunado que soy de haberlos tenido], “cuál era otra de las mejores cosas que me habían ocurrido en la vida“… Y abrió la pauta para que le empezara a hablar, por primera vez a sus 8 años, sobre el materialismo dialéctico… herramienta que nos invita a mirar de frente las contradicciones de nuestra sociedad: la abundancia de unos frente a la carencia de otros; Cada risa infantil que suena en un parque bien cuidado tiene su contrapunto en el silencio de un niño que teme hablar. Los privilegios no existen en el vacío; son el resultado de estructuras sociales, económicas y culturales que benefician a unos mientras condenan a otros. Si somos capaces de reconocer esto, también podemos transformarlo.
Con muchos menos años de conocerlo, el budismo tibetano me ha llevado al corazón de la compasión. Nos recuerda que cada ser humano, sin importar dónde nació o cuánto posee, busca lo mismo: felicidad, seguridad, amor. ¿Cómo podemos permanecer indiferentes ante el sufrimiento de un niño? Cada niño es una chispa del universo, una promesa de lo que podríamos ser como humanidad.
Si miramos el mundo con los ojos abiertos, como lo haría un Galeano que encuentra historias en las grietas de la realidad, descubriremos que la desigualdad no es un destino inevitable. Es una construcción humana, y lo que se construye también se puede derribar. El primer paso es entender la necesidad del bienestar común, de nuestra interdependencia…
El techo bajo el que duermen nuestros hijos no es solo un refugio; es una responsabilidad. El pan que tienen en la mesa no es solo alimento; es un llamado a compartir. Los juguetes con los que juegan no son solo alegría; son recordatorios de que la infancia debe ser un derecho, no un privilegio. Porque cuando un niño sufre, el mundo entero se fractura un poco.
Entonces, no miremos hacia otro lado. Hagamos de nuestras manos herramientas para construir, de nuestras palabras puentes para unir, de nuestros corazones hogares para quienes han perdido el suyo. Que el techo sea para todos, que el pan alcance, que la risa sea un idioma universal. Porque los niños son semillas, y cada uno de ellos lleva dentro la promesa de un bosque. Un bosque que, si cuidamos, será la sombra bajo la que descanse el futuro de todos nosotros.